31 de enero de 2009


La perfección, y la felicidad por consiguiente, son estados momentáneos. Las cosas son perfectas un solo instante, y la felicidad que provocan es sólo un eco de ese tañer momentáneo. Vivimos persiguiendo esa réplica moribunda, creyéndola la fuente de la juventud para nuestros sentimientos. Las cosas son perfectas muchas veces para nuestra desgracia. Que algo pese profundo, y no nos deje sonreír suele ser perfecto. La felicidad de crecer y mejorar casi nunca es una felicidad alegre.¿Quién dice que no es feliz el hombre taciturno? ¿Quién asegura que las sonrisas de las fotos midan la felicidad de la gente? ¿Quién dijo que para ser feliz hay que sentirse bien?Me gusta poder admitir que esta tranquilidad la siento porque aprendí a entender la perfección. La veo abrazarme y cachetearme, cuando es adecuado. Sé que me está dando lo que necesito, no lo que quiero. Lo que se necesita, como todo lo perfecto, suele doler, porque nadie quiere lo que realmente necesita. Queremos huir, y buscar lo que necesitamos donde estemos seguros de que no lo vamos a encontrar.Hay que hacerse cargo de la perfección que conseguimos, nomás; y dejarla que nos haga felices. Y que esa felicidad, con un poco de suerte, traiga la alegría.

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