27 de agosto de 2010

En mi cabeza guardo ese inventario de malas compañías, muchos de ellos fueron mis amigos en su día, auténticos camaradas con los que jugar a la ruleta rusa se convertía en un placer tan cercano a la muerte que un día la dama de negro nos visitó. Yo no se como sucedió, solo recuerdo una citación oficial y la carta de un amigo que decía "No veas al juez y parte", y yo, que no soy un hombre al que le guste pecar de valiente, no hice más que ver la advertencia y marche al hotel, dulce hotel donde las penas se aliviaron a la voz de el hombre del traje gris que con sus mentiras piadosas me hizo creer que la culpa era de la física y química que rodea a las relaciones humanas.

Tanto tiempo pasé al amparo de aquellas cuatro paredes sin pronunciar palabra, que cuando la justicia llamó a mi puerta no pude decir ni esta boca es mía y solo acertaba a balbucear un incomprensible "Yo, mi, me, contigo". Sin remedio alguno se me culpó por haber cargado de munición aquella pistola y mi vida se redujo a la compañía de esos enemigos íntimos que son los barrotes de toda celda. 19 días y 500 noches pasé en prisión y cuando salí, cuando la monótona frase de "Dímelo en la calle" quedó atrás, recibí el alivio de luto que todo preso recibe al despojarse de las oscuras ropas que le hacen lamentar su pecado cómo la viuda lamenta la pérdida de su amado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario